
LUNES DEL ROCIO
Como vengo realizando desde hace más de veinte años, ayer lunes día 13, coincidiendo con la festividad de San Antonio, me desplacé a la Aldea del Rocío, con el propósito de, en primer lugar, manifestar mi Fé y mi cariño a la Señora y, de paso, vivir una jornada festiva con algunos amigos rocieros .
Daban las siete de la mañana cuando mi vehículo iniciaba su marcha, conocedor de que me aguardaban casi dos horas y media de viaje, incluyendo el "rengue" del desayuno.
Como estaba previsto, a las nueve y veinticinco aparcaba en una de las bolsas habilitadas al efecto y, cuando me disponía a adentrarme en la aldea, fuí consultado por unos jóvenes sobre si estaban autorizando la entrada de coches , pues, al estar la Virgen recogida, intuían así sería. Dado que acababa de llegar, al oir lo de la Virgen, sentí un estremecimiento que me hizo interesarme por lo ocurrido, siéndome transmitida la noticia de que, al romperse el varal delantero derecho, por causas que no entraré a opinar a quienes o a qué fueron imputables, la Junta de Gobierno de la Hermandad Matriz había ordenado su regreso a la Ermita.
Aceleré el paso y me dispuse a confirmar la noticia, pudiendo comprobar que, efectivamente, así había sucedido, encontrándome a la Señora en su altar, resplandeciente y rodeada de romeros que, al igual que yo, le elevaban sus oraciones y lamentaban el no haber tenido la oportunidad de verla procesionar por las distintas Casas de Hermandad, pues su recogida se produjo poco después de las ocho de la mañana.
No quisiera abrir ningún debate sobre si la Romería es un acto más pagano que religioso o que si la Virgen es una protagonista secundaria del acontecimiento, lo que si puedo afirmar es que las lágrimas derramadas que pude observar por las mejillas de mujeres y hombres que fueron a presentarle sus respetos, difícilmente pueden ser fingidas, pues únicamente testimoniaban lo que en esos momentos sentían en sus corazones.
Como todos conocéis a través de los medios de comunicación, se tomó la decisión de que, a la vista de las circunstancias, fuesen las hermandades quienes, guiados con sus respectivos "Simpecados", fueran a cumplimentar a la Virgen, formándose un cortejo en el que los ¡vivas!, cantos, sevillanas y, como nó, llantos, convirtieron el templo y aledaños en un contínuo trasiego de personas hasta pasadas las dos de la tarde.
Cumplido mi objetivo principal, procedía el festejar la efemérides con ex-compañeros y amigos, por lo que, en primer lugar, visité la Casa de Hermandad de Jerez, en la que crucé mis primeros saludos con innumerables paisanos.
Sobre las tres de la tarde, cuando me dirigía a mi primera cita, es decir, a la Peña "La Carbonera", tuve oportunidad de saludar a un ex-compañero de El Puerto de Santa María, a quién hacía años no veía, quién tuvo el detalle de invitarme en su casa a la primera cerveza y aperitivos, departiendo, por más de treinta minutos, anécdotas y recuerdos de nuestra etapa laboral.
Encarando la calle Muñoz y Pavón, me llama la atención el nombre de una peña "MANUEL VALDERAS SEVILLA", quién me recordó mi infancia al tratarse de un vecino del barrio en el que nací y me crié.
Al pasar por delante de la misma, fuí requerido por uno de sus hijos, quién me comentó, que en honor a su padre fallecido, la había fundado, junto con sus dos hermanos y otros amigos, dando así continuidad a la extraordinaria devoción que sentía por todo lo relacionado con el Rocío. Como era menester, me invitó a que pasara y, con gran júbilo, pude estrecharme en un abrazo con sus hermanos y volver a recordar tiempos de más de cincuenta años atrás.
Por fin llego a "La Carbonera", en la que soy gentilmente recibido por varios de sus peñistas, quienes me ofrecen una magnífica berza jerezana, para abrir boca, así como un enorme cariño, el mismo que me han venido demostrando en los últimos años.
Cuando decido mi regreso a Jerez y me dirijo a la zona de aparcamientos, soy interpelado por una voz amiga, quién igualmente me ofrece un refrigerio en su peña "Las Arenas". Al no poderme negar, dando que me unen grandes vínculos de amistad, desde la época escolar, pasando por el servicio militar y mi etapa laboral, ingiero el último trago y, después de una agradable conversación, agradezco su invitación y, decididamente, marcho en busca de mi vehículo.
Son algo más de las cinco de la tarde y, tras superar algunas retenciones a la salida de la aldea, consumo mi regreso sobre la siete y media de la tarde, dando por finalizada una jornada que, si Dios quiere, continuaré planificando todos los lunes de Pentecostés, pues las vivencias experimentadas incrementarán el almacén de mis recuerdos positivos y, una vez más, me he convencido de que merece la pena ser rociero de lunes.
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